LAS AVENTURAS DEL FISCAL DE LA RÚA
En la sala no cabía un suspiro. Todas las miradas desde los bancos donde se abarrotaba el público se dirigían al fiscal, impecablemente trajeado y con la seguridad de un actor que ha representado el papel principal de una misma obra, miles de veces. Su presencia y sus conocimientos le auguraban un futuro de fama y reconocimientos. ¿Quién sabe? Quizás hasta la presidencia de un Tribunal Superior en alguna de las Autonomías. Su voz de barítono resonó, sin ningún registro que delatara duda.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Cuántos hijos tiene Ud.?
TESTIGO: Dos.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y cuántos son hembras?
TESTIGO: Ninguno.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Algún varón?
TESTIGO: Pues saque la cuenta por si mismo…
FISCAL DE LA RÚA: Y dice Ud. que su hijo mayor fue concebido el 8 de mayo.
TESTIGO: Sí señor.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y que hacía Ud. en ese momento?
TESTIGO: ¿Qué cree que hacía? Jugaba al mus.
FISCAL DE LA RÚA (dirigiéndose al juez): Señoría, permiso para tratar a la testigo como hostil.
JUEZ: Denegado.
FISCAL DE LA RÚA: Mi estimada y nunca bien ponderada amiguita del alma a quien aprecio, ¿continúa Ud. siendo sexualmente activa?
TESTIGO: No. Yo solo me acuesto en la cama. Mi marido hace el resto.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Qué edad dijo que tiene el hijo que todavía vive con Ud.?
TESTIGO: Diecinueve o veinte años, no recuerdo bien.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y cuanto tiempo ha vivido con Ud.?
TESTIGO: Veinticinco años.
FISCAL DE LA RÚA: Y el mayor, el de veintidós años, ¿qué edad tiene?
TESTIGO: ¿Por qué? ¿Le va a hacer un descuento por juventud?
FISCAL DE LA RÚA: Responda la pregunta.
TESTIGO: Sí señor.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Está segura de que su marido nunca le fue infiel?
TESTIGO: Eso nunca se puede saber.
FISCAL DE LA RÚA: Y entonces, ¿cómo puede asegurar que los hijos son de Ud.?
TESTIGO: Porque no los parió mi abuela.
FISCAL DE LA RÚA: ¡Ah! Señoría, solicito incluir a la abuela en la lista de testigos de la acusación.
JUEZ: Ha lugar.
FISCAL DE LA RÚA: Prosigamos. Esta miastenia gravis que ha mencionado, ¿le afecta la memoria?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿De qué manera le afecta la memoria?
TESTIGO: Pues se me olvidan cosas.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Se le olvidan? ¿Puede darnos un ejemplo de algo que se le haya olvidado?
TESTIGO: Ahora mismo, la verdad es que no.
FISCAL DE LA RÚA (dirigiéndose al juez): Señoría, insisto en solicitar su venia para tratar a la testigo como hostil.
JUEZ: Denegada.
FISCAL DE LA RÚA: Mi apreciadísima y afecta amiga a quien tengo en la mejor estima, ¿qué fue lo que le dijo a Ud. su marido la noche antes de morir?
TESTIGO: Me dijo: “Eufrasia, ¿donde estoy?”
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y eso le pareció raro?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Por qué?
TESTIGO: Es que me llamo Teodosia.
FISCAL DE LA RÚA: Pero Ud. ha estado casada antes, ¿no?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Contra quien?
TESTIGO: Mi marido, ¿quién si no?
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y este primer matrimonio se disolvió?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Por qué razón?
TESTIGO: Fallecimiento
FISCAL DE LA RÚA: ¿Fallecimiento de quien?
TESTIGO: Tarzán y la mona Chita.. ¿de quién va a ser?
FISCAL DE LA RÚA (dirigiéndose al juez): Señoría, Ud. perdone pero ¿no es evidente la actitud hostil de la testigo? Insisto en solicitar su venia...
JUEZ: Señor fiscal, sujétese servidor a preguntar o le tendré que sancionar por desacato.
FISCAL DE LA RÚA: Y dice Ud. que la despertaron unos ruidos a medianoche.
TESTIGO: Sí señor.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y dormía?
TESTIGO: Después de que me desperté, no.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Vio a una persona abandonar la habitación?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿La puede describir?
TESTIGO: Pues de estatura mediana y sin ningún detalle especial, excepto por el bigote y la barba y una pistola que llevaba en la mano.
FISCAL DE LA RÚA: Pero esta persona ¿era hombre o mujer?
TESTIGO: Sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Si que?
TESTIGO: Sí señor.
FISCAL DE LA RÚA (dirigiéndose al juez): Señoría, esto es todo por ahora con esta testigo. La Fiscalía llama ahora al patólogo.
JUEZ: Muy bien. Proceda. (Deja el banquillo la testigo y lo ocupa el patólogo, quien es sometido a juramento)
FISCAL DE LA RÚA: Doctor, su presencia en esta sala, ¿se debe a una solicitud que la fiscalía le ha hecho llegar para que declarase?
PATÓLOGO: No. Yo participo en juicios por hobby.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Cómo?
PATÓLOGO: Sí. Mi respuesta es que sí.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Y cuantas autopsias de muertos ha hecho en su carrera?
PATÓLOGO: Pues todas. Los vivos no suelen ser muy proclives a hacerse el procedimiento.
FISCAL DE LA RÚA: Y en esta, en particular, ¿estaba Ud. presente cuando le sacaron la foto al lado del cadáver?
PATÓLOGO: No. Ese es mi gemelo malvado de la tele.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Cómo?
PATÓLOGO: Que sí. Que estaba presente.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Recuerda que hora era cuando comenzó Ud. la autopsia?
PATÓLOGO: Sí. Las tres y media de la mañana.
FISCAL DE LA RÚA: Y a esa hora, ¿le consta a Ud. que el Sr. Rodríguez estaba muerto?
PATÓLOGO: No. Estaba recostado en la camilla preguntándose por qué coño le estaba yo haciendo una autopsia.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Cómo?
PATÓLOGO: Que sí. Que estaba muerto.
FISCAL DE LA RÚA: Ahora bien Doctor, ¿no es cierto que cuando alguien muere estando dormido, no se da cuenta de ello sino hasta que despierta a la mañana siguiente?
PATÓLOGO: Pues depende de cuan rápido se lo comunique la fiscalía.
FISCAL DE LA RÚA: Pero Ud., ¿le tomó el pulso antes de proceder con la autopsia?
PATÓLOGO: No.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Le miró la presión sanguínea?
PATÓLOGO: No.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Verificó si respiraba?
PATÓLOGO: No.
FISCAL DE LA RÚA: Entonces ¿no es posible que el paciente estuviese vivo?
PATÓLOGO: No.
FISCAL DE LA RÚA: ¿Cómo puede estar tan seguro?
PATÓLOGO: Porque los trozos del cerebro que le destrozaron las balas los tenía en un frasco sobre mi escritorio.
FISCAL DE LA RÚA: Pero ¿no cabe la posibilidad de que, a pesar de eso, el paciente estuviese vivo?
PATÓLOGO: Pues a juzgar por lo visto, es posible que sí, que estuviese vivo y, sin cerebro, actuando de fiscal en este juicio.
¡AH! ¡OH!
Las voces de todos los presentes se desataron como una riada incontrolable llenando el recinto de gritos y exclamaciones y, muy al fondo del ruido ensordecedor, se pudo oír la voz desesperada del juez:
¡ORDEN! ¡ORDEN EN LA SALA!
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