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La Coctelera

Incomunicaciones Varias

Dadle un pez a un hombre y le alimentareis por un día. Enseñadle a rezar y se morirá de hambre rogando por un milagro

2 Enero 2010

Aventuras Cotidianas de los Dioses, sus Afines y Conexos

Aventuras Cotidianas de los Dioses, sus Afines y Conexos

Viñeta Uno

Al ver el gigantesco anuncio de neón, aplico gradualmente el freno, pongo la señal de cruce y tomo el canal derecho. A la entrada del centro comercial, con mano experta, suavemente doy el giro necesario. En cosa de dos minutos he podido encontrar un espacio para el coche, lo he cerrado y ahora cruzo el estacionamiento con paso más que vigoroso. No tengo mucho tiempo que perder. Las puertas automáticas se abren a mi paso y tengo que recordarme a mí mismo que no es cosa de que puedan reconocer la divinidad, sino que se trata de meros automatismos de la vida moderna. ¡Ah! ¡Cuánto han cambiado las cosas desde que nos mudamos de Asgard!

—Disculpe— le digo a la señorita en la ventanilla de Atención al Público.

—¿Sí? ¿En que puedo servirle?— me responde con la cortesía de quien, a fuerza de repeticiones, ha internalizado tales diálogos con el personal y los escupe como una grabación; postura neutral profesional que solo traiciona el hecho de que me ha examinado de pies a cabeza y el resultado que permea su cara está lejos de ser positivo.

—Estoy un poco apurado de tiempo y no puedo recorrerme todo el hipermercado. ¿Podría decirme en qué pasillo puedo encontrar ciertos artículos que necesito con verdadera urgencia?

—Seguro. Dígame que es lo que busca.

—Son seis cosas: el sonido del paso de un gato, las barbas de una mujer, las raíces de las montañas, los nervios de un oso, el aliento de un pez y la saliva de un pájaro— nada más terminar, la expresión de ligero disgusto de la mujer se acentúa con un rictus de incredulidad que le impide articular palabra, hasta que la corteza pre-frontal de su cerebro no ha sopesado las alternativas.

—Oiga, esto es una broma, ¿no?

—¡Claro que no! Es un asunto muy serio y ya le he dicho que no tengo mucho tiempo. Es que se nos ha ocurrido lavar la cinta Gleipnir mientras el lobo Fenrir dormía y al sacarla de la secadora resulta que se ha encogido— le explico a la empleada con la mayor calma que me es posible, dada la premura del momento. Ella no atina a hilvanar respuesta, por lo que sigo.

—Está claro que ha sido una movida estúpida, pero es que apestaba terriblemente. Mil quinientos años son mil quinientos años y un lobo no huele precisamente a rosas… y menos si tiene tal tamaño.

—No me diga más, estoy en La Gala Inocente o Cámara Indiscreta, ¿a que sí?— finalmente articula la mujer.

—Señorita, por favor, que esto es de la mayor urgencia. Si no puedo llevarle los ingredientes a los enanos para hacerle una extensión a Gleipnir, me temo que la cosa va a acabar en desgracia.

—A ver, ¿donde está escondida la cámara que no la veo?

En ese instante suena el móvil. Lo cojo y sin siquiera mirar quien llama, respondo:

—¿Diga? Ajá… Bien… Ajá… Vale... No... Vale... Ya lo creo, pero podía haber terminado mucho peor. Bueno, ahora mismo regreso. Hasta luego.

Acto seguido me dirijo a la dama, al borde del colapso nervioso porque piensa que va a aparecer en la tele sin haberse acicalado y puesto sus mejores galas.

—Déjelo usted… Falsa alarma. Era mi padre… Que ha sido una broma de Loki. Parece que reemplazó a Gleipnir en la secadora con un trozo del cinto de su bata de baño. ¡Que cabrón, el tío! Lo malo es que el lobo se ha despertado antes de que Loki confesase la broma y Týr ha tenido que meterle la mano en la boca para impedir que huyese y, claro, el desenlace de estas cosas ya se sabe: Fenrir le ha comido la mano que le quedaba. Si cuando era manco de una tenía mal carácter, a ver quien coño le aguanta la mala leche ahora que ha perdido las dos manos. En fin… Con la familia no se gana para disgustos. Disculpe y gracias.

Viñeta Dos

Oye, Wiglaf, será tu santa madre pero ya no la saco más a la calle. ¡No señor!

Para empezar, me ha costado un huevo convencer a todo el mundo de que tú eres mi sobrino y, cada vez que nos tropezamos con alguien de Gotlandia, comienza a contarle las hazañas de su hijo, el menor. Como si los gautas no supiesen sumar dos y dos. Tu pelirrojo, yo pelirrojo… Sí, ya sé que lo hace porque está muy orgullosa de ti. Igual le pasaba con Grendel y mira a lo que nos llevó en Selandia. Tanto alabar al chico delante de todo el mundo y tanto jorobar a Hrothgar, comiéndole los guerreros uno a uno por doce años, hasta que pasó lo que pasó. Si es que recuerdo muy claramente su comentario el día que llegamos a Heorot: “Mira como le arranca la cabeza a ése, de un solo manotazo. Es que es un súper-dotado ese hijo mío...” Y, claro, al final el malo soy yo. ¡Si es que hasta simpatía le tenía al jodido de tu medio-hermano! Pero tu madre a veces no tiene medida y uno tiene sus responsabilidades. ¿Con qué cara le digo yo a Hrothgar, después de habernos armado la fiesta que nos dio, que me perdone pero que no puedo rematar al hijo de mi querida? Además, conste que para esa fecha entre ella y yo no había todavía nada. La cosa se complicó luego, en la cueva, después de que fui a recuperar el brazo que le corté a Grendel y que tu madre se llevó de mala manera. Parece que tiene fijación con las extremidades. Si lo hubiese dejado de ese tamaño estaríamos todos en familia y tan contentos. Yo salvo la reputación, habiendo troceado al “monstruo”; Hrothgar se queda con un trofeo y tu hermano salva el pellejo, aplicando a una pensión de invalidez que le hubiese permitido dejar la dieta esa carnívora que le tenía los triglicéridos tan altos. ¡Pero no! El jodido carácter que tiene. En fin, tu madre es quien es y eso no tiene remedio, pero ¡te lo juro por Odín! ¡Ya no la saco más a la calle! Bueno es cilantro pero no tanto.

¿Cómo que por qué? ¿No te contó? Esta mañana, estábamos en el hipermercado Carrefive haciendo la compra semanal y saca ella la tarjeta de miembro del Club para que nos den las rebajas y le dice la chica de la caja que la tarjeta está a nombre de Grendel y que no la puede usar. Tu madre le contesta que ella la usa todo el tiempo, que nadie le pone peros y que si no tiene respeto por los difuntos. La chica le responde que las reglas son las reglas y que ella no las ha escrito. A tu madre se le empieza a subir la sangre a la cabeza y ya sabes lo que eso significa: se transforma y la chica nos larga que los animales no están permitidos en el hipermercado. Tu madre le dice que más animal será ella y se le va encima. La chica, que tiene malas pulgas porque es de Sevilla, no recula y se enzarzan las dos a matarse; los otros cajeros comienzan a dar voces y se presenta el gerente quien amenaza con llamar a los de seguridad. Al final, a duras penas consigo convencer al hombre para que me ayude a que el altercado no termine en un desastre total. Las separamos. El gerente accede a darnos el descuento del Club. Tu madre se calma y se disculpa con la chica, devolviéndole la pierna y el brazo que le ha arrancado. Es de justicia: ya que nos han reconocido el nuestro, hay que reconocerle su derecho a sus miembros. La chica dice que ella también ha tenido un mal día y que la perdonemos, que ya mismo limpia la sangre. Al final la cosa no pasa a mayores pero a mí la vergüenza me mata y te digo: ¡Siempre la misma milonga, día tras día! Se acabó, como que me llamo Beowulf. De ahora en adelante o se queda en la cueva o voy a tener que cortarle el pescuezo, por mucho que me duela. Porque yo me apunté a ser héroe, ¡eh! no a acabar de santo.

Viñeta Tres

—Týr, coge el teléfono que es para ti.

—Pues como no lo coja con las bolas… Haz el favor, Zisa, ¿quieres?

—Hombre, disculpa… Se me olvidó lo del accidente con Fenrir. A ver, póntelo entre la cabeza y el hombro y presiona para que esté sujeto. Así… Vale.

—¿Sí? ¿Con quien hablo? ¡Ah, bien! ¿Qué quieres? No. Dile que hoy no puedo. Que me llame la semana que viene, a ver si las cosas pintan mejor. El jueves o el viernes. Mejor el jueves porque los viernes la gente está ya preparándose para el fin de semana. Eso. Vale. Hasta luego. ¡Zisa! Cuelga el aparato, por favor.

—¿Quién era? La voz me pareció la de Thor.

—Si. El mismísimo.

—¿Y que quería?

—Lo de siempre. Que Odín le ha pedido que reúna al equipo, a ver si resolvemos lo de Ragnarök.

—¿Y que le has dicho?

—Pero, ¿no me has oído?

—Pues si y no. La verdad es que no presté mucha atención a lo que hablabais. Le has dicho que no, ¿no es cierto?

—Sí. Que me llame la semana que viene.

—Hombre, en algún momento se va a cabrear contigo. Llevas dándole la misma respuesta desde que Haakon mandó matar a Snorri Sturluson.

—¿Y tú crees que un borrachín como Odín se va a acordar de lo que le mencioné hace quince minutos o quince días? Si cuando se cayó sobre la lanza en Ygdrasil estuvo ensartado por nueve días sin darse cuenta…

—Ya, pero Thor y Balder pueden hacerle algún comentario. O Hod, yo que sé… Además no se te olvide que Huginn y Muninn son unos cotillas y le cuentan todo.

—¡Nah! Los otros tampoco están de humor para Ragnarök, lo que pasa es que no se atreven a decirle nada porque son sus hijos.

—Pero a ti también te llama hijo.

—Que te digo que es un borrachín y no da pie con bola. ¿No recuerdas que le cambió un ojo a Mimir por un trago? Lo de que soy su hijo lo repite porque se lo ha escuchado a los otros y yo no le llevo la contraria para no buscarle la lengua. Pero, ¿tú no has visto las fotos de mi padre?

—¿Las que están sobre la repisa de la sala?

—Sí. Además, ¿no te has dado cuenta de la diferencia de talla entre Odín y yo? Porque yo salí a mi padre…

—Vale, vale, te creo. A mi no tienes que convencerme de eso. Pero tú y yo sabemos que padre no es el que hace sino el que cría y no negarás que Odín a ti siempre te ha tratado como un hijo. Te digo, en algún momento vas a tener que complacerle con lo del Ragnarök.

—¡Y un huevo! ¿Sabes por qué tanta insistencia conmigo? Porque le tiene miedo a los putos perros. Cuando hubo que convencer a Fenrir de que se dejase lazar, ¿a quien llamaron para que le metiese la mano en la boca? ¿Y cuando lo soltaron para lavarle a Gleipnir? Ese es todo el interés. Y mira como me fue: que precioso par de muñones me saqué de premio. Menos mal que estás tú porque ni masturbarme puedo.

—¡Hombre! No digas esas cosas que luego te acusan de ser un resentido.

—Ese es el maricón del Thor, hablando todo el tiempo a mis espaldas.

—Ahora que lo mencionas, creo que fue él quien me comentó que Vidar está entrenándose para lidiar con Fenrir.

— Pues lo dudo, pero si así fuese ¿quien le va a plantar cara a Garm? Te digo, toda la insistencia de Odín es para que sea yo quien lidie con los lobos y los perros. Y, visto lo visto, la próxima vez que haya que apaciguar a Fenrir, ¿qué le meto en la boca? ¿La polla?

—¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Cuidadito con lo que se dice, cariño! ¡Que estás hablando de cosas muy serias! Con mis posesiones si que no te metas, que la polla la llevarás tú pero la disfruta servidora y ya lo dijo Carlos Marx: que los bienes deben ser para quien los usufructúa. La próxima vez que te llame Odín, pásame el teléfono que ya le explicaré yo que el Ragnarök ese vais a tener que posponerlo hasta que yo me muera o me harte de ti, porque la perspectiva de usar un vibrador no va conmigo. ¿Qué os habéis creído tú y el resto de los putos dioses? ¿Qué porque una sea mujer y rubia les va a tolerar cualquier gansada?

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Español de la diáspora. A caballo entre el sentido práctico sajón y la furia hispana. Náufrago del lenguaje que, de tiempo en tiempo, suelta botellas en el cyber-océano con la esperanza de que sean leídas en algún archipiélago capaz de albergar vida humana. Por cierto, si te ha gustado algo de lo que has visto aquí, haz un search en http://www.trafford.com con mi apellido o el título, para ver mis libros: "Mensajes mixtos e incomunicaciones varias" y "Las obsesiones de Tomás Rodaja". El estilo es el mismo, así que quizás te interese, no? ;-) Creative Commons License
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