Seis Razones Para el Coito Con Extraños

¡Ah! ¡El sexo! Sin importar la afiliación política, religiosa o profesional, en el fondo, todos los hombres estamos de acuerdo en que copular es un evento tremendamente significativo. ¿Qué digo? Es nuestra labor más importante y el propósito primordial de nuestras vidas. Todas las otras actividades: tocar el trombón, leer novelas de misterio, comer tortilla de patatas, mirar la tele o rascarse el culo, son solo excusas para matar el tiempo hasta que podemos follar otra vez. Algún despistado podría decir que hay cosas mejores que aparearse pero, después de dedicarle muchos meses de reflexión al tópico, las únicas que a mí se me ocurre que pueden ser mejores que el sexo son:
- a) Sexo con brandy, fresas y chocolate.
- b) Más sexo.
La importancia del yacer con terceros es reconocida por todas las culturas. Por ejemplo, los hindúes designan al follar como una de las nueve razones para reencarnar. Las otras ocho no tienen importancia. Los chinos creen que el congreso libidinoso es superior al amor porque los deleites carnales disipan la tensión nerviosa y el amor romántico la acentúa. Los maoríes sostienen que no es apropiado considerar al sexo como la respuesta a preguntas primordiales. Para estos nativos de Nueva Zelanda, el sexo es una pregunta. La respuesta es: "sí, me apetece". Y así, se pueden citar múltiples y variados ejemplos.
Sin embargo, las expectativas, cuando se trata de los distintos géneros, se transforman considerablemente. Por razones inexplicables, las mujeres tienen la tendencia a considerar la cohabitación como una forma de intercambiar información, sentimientos, sensaciones, ideas, significados, recuerdos, sueños, terrores, ansiedades, esperanzas e ilusiones. Por ello, para el peatón desprevenido, tratar de follarlas es como entrar en un cuarto oscuro y buscar a tientas el interruptor de la luz. Hasta que no se le encuentra no se ilumina el paisaje. Una situación análoga se da con el orgasmo y el clítoris, pero me adelanto. El caso es que tales problemas se eliminarían si las tías viniesen con un manual de operaciones, como los refrigeradores o los coches. Pero, lamentablemente, el mundo en el que vivimos no es racional. Para los hombres el tema es mucho más sencillo.
La expresión típica de esta situación de disparidad la ve uno desarrollarse en cualquier habitación compartida por una pareja, el sábado por la mañana. El macho, lanza en ristre, erguida y al vuelo, lo único que quiere es depositar su trozo de plomería cárnica en alguno de los receptáculos que se trae la socia entre las piernas. A ésta, mientras tanto, le atormenta una pregunta: ¿cómo es posible que quiera hacerme el amor con estos pelos, este mal aliento y los ojos llenos de legañas? Lo que la damisela no tiene en cuenta es que, gracias al milagro hidráulico que es una erección, la sangre del varón alterado por la lujuria se concentra en la región del pene y no llega a regar ni el nervio óptico ni el epitelio olfatorio. ¡El ciudadano se encuentra legalmente ciego y sin olfato!
Por si la fisiología no fuese suficiente desequilibrio, la anatomía tampoco pone las cosas fáciles. La prueba fundamental de que Dios no existe es el hecho de que el clítoris está donde está, en lugar de residir dentro del agujero. Y si se trata del punto G ni se diga. El punto G de mi mujer creo que lo tiene la vecina. Una colega del curro dice que el de ella le viene quedando entre las orejas y que hay que estimulárselo con fantasías eróticas, con la clara excepción de aquellas que involucran el incesto o bailar la sardana. ¡No te jode! No hay manera de ponerse al día. Especialmente con el cuento ese de las zonas erógenas. Con éstas, como con los cromosomas, se encuentra uno que cada dos o tres semanas los investigadores descubren una nueva. El problema es que suelen quedar en sitios donde no vive nadie. Para rematar, los orgasmos de las damas toman mogollón de tiempo y, antes de que una chica pueda decirle al compañero de cama: "¿Y eso era todo?", resulta que eso era todo. Es que el varón promedio tiene limitaciones bien conocidas y puede hacer el amor, sin correrse, por una hora y treinta segundos, el día que se adelantan los relojes al entrar la primavera. Recuerdo una novia de la universidad a la que me propuse satisfacer porque su anorgasmia me tenía la masculinidad casi destruida. Para poder yacer con ella por el tiempo suficiente para obrar el milagro, tuve que tomar vacaciones por todo el mes de marzo y contratar para que nos alimentaran de forma intravenosa, a fin de no interrumpir el abrazo.
Luego están las sentencias morales y los prejuicios de los conciudadanos. Gracias a ellos, en nuestra sociedad, la mujer que no es monja es puta. Lo cual me parece a mí, aparte de una injusticia morrocotuda, una muestra flagrante de ignorancia y una gran falta de respeto porque, en el terreno de los acoplamientos sexuales, la gran mayoría vamos de amateurs y no es correcto juzgar a los profesionales. Venga, que un caballero va y se acuesta con alguna y no pasa nada. Una moza comete apenas dieciocho o diecinueve errores seguidos y ya le endilgan una reputación, que viene siendo como un escaño en el congreso, pero en el de rabizas y colipoterras. Sí. Definitivamente, las mujeres lo tienen todo cuesta arriba. Bueno, hasta antes de los cuarenta. El caso es que, si una pareja disfruta de sexo telefónico, no es del todo inverosímil escuchar que la actividad libidinosa le ha criado a la señorita una infección en el oído. Esto es totalmente injusto porque las mujeres son, en general, mejor gente que los hombres y más sinceras; especialmente cuando mienten o fingen un orgasmo. Los tíos, por contraste, somos unos tarugos que encaramos los pezones de nuestra amada con la misma delicadeza en el trato que damos a las perillas de la radio.
Como servidor es de izquierdas y me va la acción social, con estas disquisiciones que siguen a continuación, espero contribuir a combatir las desigualdades e injusticias entre los sexos y a que las dueñas follen más a menudo y con más entusiasmo, a ver si me toca a mí alguno de los beneficios de activar esa corriente sociológica.
Antes de entrar a enumerar las razones por las cuales es conveniente para las damas el fornicar a calzón quitado (respuesta: es más sencillo introducir el pene en la vagina sin tanto trapo), es importante apuntar que la copula carnal con extraños es vista por los sectores más conservadores de la sociedad como algo que puede dañar física y moralmente a las hembras. Nada más alejado de la verdad. La ciencia ha demostrado que el celibato no es hereditario y que entre puercoespines no hay violaciones. Así que se trata de disfrutar del baile con el vestuario adecuado. Recordad que Madre Natura dio al hombre un cerebro, un pene y sangre para irrigar solo uno de tales órganos, a la vez; y el entenderlo puede resultar una gran ventaja.
¡Chicas! La fornicación puede ser un deporte, un arma, un juguete, una alegría, una revelación, un placer y una esperanza. Solo hay que saber como conducirla. La noción de que la castidad es una conducta que os mejora como seres humanos es un error mayúsculo. Los habitantes primigenios de Tasmania, por ejemplo, eran todos castos y por ello se han extinguido. Así que aquí van seis razones por las cuales el yacer con un extraño es bueno para vuestra salud.
1. Os ayuda a experimentar sensaciones de poder.
¿Quien dijo que hay que llevar a casa lo que uno pesca? Un polvo volandero con un desconocido es como ver pasar los barcos desde el muelle, sabiendo que no hay que prepararle desayuno a ninguno. Designar a un macho como "tu hombre" y tratar de hacerle feliz son tareas titánicas. Más sencillo y gratificante es hacer feliz por una noche al hombre de otra o de ninguna. Si el personaje es torpe en la cama, que la mayoría lo será, que te consuele saber que su precocidad al eyacular ha sido proporcional a tu sex appeal. Además, si fuese tu novio te habría tocado la suerte de la mala cuenta bancaria: en la que al meter y sacar muy seguido, se pierde el interés. Y si la culpa te ataca, recuerda que Cristo murió por nuestros pecados. ¿Quieres que su muerte haya sido en vano? Pues, entonces, sigue pecando.
2. Os permite liberaros de vuestras inhibiciones.
Siempre será más sencillo despojarte de las ropas frente a un forastero que ante la mirada penetrante y crítica de las amigas. Las féminas te desollarán al desvestirte, el fulano te lo agradecerá desde el fondo del alma. Una vez cruzado el Rubicón, haz lo que te apetezca y te pida el organismo. En la lujuria no hay ninguna norma. Norma es una de mis primas de Las Palmas. Comparte tu cuerpo al modo del filántropo: primero porque estás riquísima; luego, porque te llena de satisfacción hacerlo y; finalmente, porque harás del mundo un lugar mejor para todos los hombres. Recuerda que lo mejor de las inhibiciones es perderlas. Especialmente follando.
3. Os educa sobre vuestra sexualidad.
Yo, personalmente, estoy en contra de la educación sexual en las escuelas porque si las criaturas aprenden el tema con la misma diligencia que las ciencias físicas, cuando les llegue el momento, no sabrán de qué van los agujeros y menos si son negros. La cópula es más divertida y fácil de recordar cuanto más guarra y más pecaminosa. Así que nada mejor para enriquecer tu cultura sexual y el conocimiento de ti misma: lo que te gusta y te disgusta, lo que te llena (respuesta: el nombre técnico es pene) o te vacía (cunnilingus o pedo); que el refocilarte con alguien anónimo. De ese modo te librarás de la desventura de las doncellas católicas que descubren como es que se hacen los bebés, después de parir el cuarto crío. Recuerda que el corazón y la vagina no necesariamente comparten religiones y no hay revelación mayor que la del primer orgasmo.
4. Os permite explorar vuestras emociones.
De nuevo, existe la leyenda de que el coito es una actividad degenerada y degradante que hay que dejarla para compartir con el marido. Nada más falso. La degradación se puede compartir con otros, antes de la condena nupcial y, encima, disfrutarla. Claro que también se puede disfrutarla estando debajo. Ni siquiera hay que llamarla sexo pre-marital, si se descarta desde el primer momento la intención de matrimoniarse con el cómplice. Copular es la actividad con la que una chica se puede divertir más, sin necesidad de reírse. Y no requiere de uniformes ni calzados especiales, sino herramientas que suelen tenerse en casa. Disfruta la sensación de libertad y aventura que te proporciona. Recuerda que la mayoría de las mujeres obligadas a abrir las piernas por dinero, a clientes a quienes desprecian, no son putas sino esposas.
5. Os permite mejorar como personas.
En mi evaluación personal no existe mujer más noble y señalada que la que sabe administrar una felación como si fuese un club social localizado en la estrechura de dos montes, alojando a todo miembro en el interior de la garganta. Tal ejemplar es de las que solo compiten en donosura con las que nunca preguntan, así las mate la curiosidad: "¿ya está dentro?" Este tipo de mujeres prefiere un pene al chocolate, aunque el chocolate todavía resulte apetitoso cuando pierde su firmeza. Talentos de este tipo solo se desarrollan en el contacto cuerpo a cuerpo con el enemigo y ninguno más avieso que el tío que pasea despreocupado por la calle. Ese que solo escuchará lo que le dices, si hablas dormida. El mismo que te enseñará que el órgano masculino tiene dos porciones claramente diferenciadas: una sensitiva llamada glande y la otra insensible, llamada hombre. Y quien te permitirá entender que joder es como el bridge: si no tienes un compañero que sirva para algo, mejor es que tengas una buena mano.
6. Os permite follar.
¿Hola? ¿Pero es que tengo que señalarte lo obvio? Lo mejor de conocer carnalmente a un extraño es el follar. Especialmente si el forastero soy yo y me acometes con nocturnidad, premeditación y alevosía. Ten en cuenta que los desconocidos somos los únicos seres perfectos que te será dado encontrar en la vida porque, tan pronto llegues a intimar con alguien, le empezarán a brotar defectos.
Pensándolo mejor, olvida estas últimas frases porque, si las lee, la parienta me va a moler a palos y mi próximo polvo coincidirá con la declaración de impuestos. Ve y, como dice el argentino, culéate al primero que te cruces por la calle y te apetezca. Yo, con lo que llevo y se me avecina, tengo suficiente. A fin de cuentas, el Alzheimer es hereditario en mi familia y, cuando me alcance, he de follar un coño nuevo cada día.


