El Sentido Común

“Siendo que es obvio que Dios limitó la inteligencia humana, me parece injusto que no haya limitado también su estupidez.”
Konrad Adenauer
A principios de noviembre de 1861, Aniceto Inestrillas y Fernández, un español común y corriente, natural de Ávila, convencido de que su mujer le envenenaba la comida, dejó de comerla. Tres semanas más tarde falleció de inanición.
La derecha española es hija del sentido común. Y no cesa de impresionarme el poder de la influencia de este fenómeno a lo largo y ancho de su ideario. La capacidad que tiene el Partido Popular para transmitirnos su seguridad absoluta de saber que lo que afirma lo respaldan las experiencias, convicciones y sensaciones del colectivo, sin otro filtro que el del saber popular, es algo único. No cabe ninguna duda. Vox populi, vox Dei.
Nada como el atractivo de la sensatez para motivarnos. Una cosa es repetir algo que hemos escuchado. Compartir una intuición. Apuntar una esperanza. Incluso regurgitar una lección recién aprendida. Siempre hay espacio para la duda. Otra cosa es el saber que lo que se afirma refleja el mensaje incontrastable de nuestra lógica y nuestras percepciones colectivas. Es lo que le da al sentido común el poder que tiene: la convicción de su certeza. Gracias a ella, le dejamos actuar como nuestro guía. ¡Y como actúa!
El sentido común es el que nos dijo por milenios que, dado que cualquier objeto que se pose sobre una esfera tiende a caerse, la Tierra debe ser plana. Y como el lugar donde vivimos no se mueve bajo nuestros pies con el transcurrir de cada día, es obvio que el Sol debe girar alrededor del planeta. El sentido común es ese maravilloso consejero que nos garantiza que es más seguro el coche que el avión, aunque las probabilidades probadas de morir en el primero sean veinte veces mayores; y que el inocular gérmenes voluntariamente a alguien sano es una locura, por lo cual las vacunas deberían ser prohibidas. El sentido común dicta que, como entre el canto del gallo y la aurora existe una correlación, el primero causa la segunda; y que si una pelota de tenis y una raqueta cuestan un Euro y diez céntimos y la raqueta cuesta un Euro más que la pelota, la pelota ha de costar diez céntimos.
Gracias al sentido común, la esclavitud en Norteamérica sobrevivió hasta bien entrada la segunda mitad del siglo diecinueve. Y Galileo no recibió el perdón papal sino hasta el siguiente. El sentido común nos legó las sanguijuelas y los sacrificios a los Dioses. Y el sentido común es el que afirma que los empresarios y los mercados, dejados a su libre albedrío, como nos lo propone la derecha española, tienen la solución para los males de España, Europa y el mundo y que el 9% de parados en América son culpa de Obama; así como los 5 millones en España lo son de Zapatero. Aznar, Rajoy, Espe y sus acólitos dixit y el sentido común lo refrenda.
Han pasado muchas lunas desde el día en que aprendí que el sentido común, en la acepción que lo asimila a la sensatez, es el menos común de los sentidos y que solo los imbéciles aceptan sus dictados. Abandonada la ciencia, la duda sistemática y el hecho de que la mente solo es buena justificando y falla miserablemente al tratar de determinar soluciones no triviales, el sentido común nos ha llevado y continuará llevando al desfiladero.
Por ello desespero al ver las encuestas, pero no me sorprenden. Un país donde la mayoría cree a pies juntillas que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, al tiempo que está seguro de que “a quien madruga, Dios le ayuda”, reboza de sentido común y se merece a la derecha como gobierno ad aeternum.
Claro, llegado el momento de sacar las cuentas, ya se encontrarán con el hecho incontrastable de que la pelota solo vale cinco céntimos. Pero la raqueta la tendrán los del PP y el final del juego estará cantado para los millones de émulos contemporáneos de Aniceto Inestrillas y Fernández. Ciento cincuenta años más tarde, para joder a quien estiman culpable, escogerán el suicidio. Es de sentido común.
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