Feliz Navidad

Dejadme comenzar con una confesión: me encantan las fiestas religiosas. Cada vez que, generalmente como testigo involuntario, me descubro rodeado por la exhuberancia de sus manifestaciones, me siento como un chiquillo en un parque temático. Me refiero, por supuesto, a recintos como Disneylandia o Universal Studios porque, dada su mediocridad y la circunstancia del juicio a Paco Camps por sus corruptelas menores, los mamotretos pseudo-faraónicos de Valencia no dan la talla y creo que es mejor descartarlos.
En fin, quiero darle al tema un brevísimo repaso.
Estos días recién acabamos de celebrar en España y la mayor parte del primer mundo una de tales festividades. Resulta ser que el arquitecto de las leyes de la Física e hilandero del maravilloso tejido que es el ácido desoxirribonucleico escogió, hace cosa de un par de milenios, manifestarse en persona entre sus futuros aficionados adoptando una de tres personalidades (cosa de estar a la altura de cualquier esquizofrénico), y empotrarse en el útero de una virgen judía para nacer y, posteriormente, hacerse torturar y finalmente ser asesinado, porque no se le ocurrió alternativa mejor para perdonar el robo de una manzana, instigado por una serpiente parlante. Como creador de múltiples galaxias llenas de misterios y de una realidad que abunda en maravillas insondables, el tío no solo entiende de mecánica cuántica y gravedad relativista sino que se ha tomado el trabajo de su diseño: desde el bosón de Higgins hasta los huecos negros y la antimateria. Pero lo que verdaderamente le interesa es si el personal confiesa y comulga, las tías abortan y el cotilleo de quién se folla a quien y por qué agujero y, por supuesto, que los maricones no puedan matrimoniarse. Es que, obviamente, esos son los conceptos fundamentales que permiten funcionar al Universo.
Lo mejor de toda esta narración es que es aceptada a pie juntillas por los brillantísimos individuos que recién han conformado nuestro flamante nuevo gobierno y por la mayoría de gentes que les han votado. Nada mejor para sentirse confiado y seguro de que el futuro que nos espera ha de estar lleno de sensatez y competencia.
Pero no es cosa de sacar pecho y sentirnos únicos. En otros lugares del mundo hay gente que celebra la decapitación de aquellos que dibujan caricaturas de un forajido y criador de camellos que vivió en el desierto, violó a una menor de edad y se fue volando al cielo a lomos de un caballo alado. Claro, las festividades en honor de este personaje suelen caer por otras fechas. Sin dejar de mencionar la maravillosa parafernalia festiva de esos hijos de la tribu de adoradores de una divinidad que pobló la tierra a base de incestos sucesivos, infligiéndoles por el camino diluvios, pogromos y hasta el holocausto, para que aprendiesen en carne propia la administración de cabronadas, cosa de poder retribuirlas, un tiempo más tarde, a sus vecinos. Y hay aún quienes celebran la trasmigración de átomos del envoltorio corporal de un ciudadano, despreciando todas las leyes de la termodinámica y los balances de masa y materia, para renacer como una mofeta o un piojo alojado en el culo de cualquier pordiosero. El detalle que se requiere es adorar a un ser humano con cabeza de elefante o tres pares de brazos.
¿Quién coño necesita a Euro Disney, Epcott Center y aún a Rabelais, Swift o Quevedo para entregarse al encanto de tales fábulas? Si es que esta clarísimo que las fechas sagradas solo pueden ser motivo de absoluto jolgorio. Por ello me llenan de deleite.
Lo único que ha ensombrecido un poco mi alegría decembrina y mi disposición a compartir el espíritu de las fiestas es el cabreo de algunos de los celebrantes cuando uno no se suma a sus creencias, más allá de disfrutarlas como lo que son: leyendas y relatos de fantasía. De golpe y porrazo se vuelven intolerantes y violentos, quemando, torturando, apedreando, avasallando, insultando y despreciando a los que disienten. Lo mejor de todo es que esperan y sienten que merecen, con fe propia de lunáticos (que al fin y al cabo es lo que son), la tolerancia y el respeto que por milenios han negado a los demás. En fin… ¡qué se le va a hacer! Lo mejor es ignorarles y que viva el espíritu navideño. Feliz Navidad a todos.
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