De la publicidad y otros vicios solitarios

En mi opinión, el valle de reposo obligatorio que constituyen estos días, que se desperezan entre las celebraciones navideñas y el fin del año cristiano, conforma un período muy particular. A no ser que haya uno hecho planes para migrar y, con ello, deshacerse del peso de la inercia de las circunstancias habituales, las alternativas para saciar la demanda de actividad de cada hora hurtada al sueño son verdaderamente limitadas.
¿Trabajar? ¿Para qué? Nadie parece hacerlo y este tipo de urgencia, la laboral, solo se sostiene como el Islam, gracias a la coerción del colectivo. ¿Ir al cine? Después de ver las dos o tres películas que merecen el esfuerzo de aposentar el trasero en sillones diferentes a los de casa, la opción se agota. ¿Irse de copas? El impulso para ello es inversamente proporcional al frío y el pronóstico del tiempo es de temperaturas bajo cero y probablemente nieve. ¿Entregarnos a la lectura? Siendo que hemos descendido hasta el nivel de leer los ingredientes en las cajas del cereal del desayuno, por falta de otros materiales de mejor calado, no hay en ello oportunidades mayores. Así que, después de rasguñar con indolencia la guitarra, se opta por encender la caja boba para que la conjunción de nuestro cerebro y la proyección de sus líneas de electrones nos engañe una vez más, pintándonos esa realidad que solo existe cuando se la mira.
Enseguida nos encara un comercial. No podría ser de otra manera. El plasma verdadero que corre por las venas de la televisión y la alimenta reclama nuestra atención y yo, consciente de su importancia, no puedo negársela.
Es de Apple. Comienza exhibiendo una tableta. El receptáculo con los diez mandamientos para niñatos, empollones y tíos raritos que nos trajo San Jobs desde lo alto del monte Abdulfattah en Cupertino, CA. Enseguida pienso que el próximo chisme con el que la compañía de la manzana mordida ha de deleitarnos, ha de ser operable con la lengua. Es que eso de apuntar y empujar íconos con el dedo en la pantalla es muy cansado. Aparte de que impide la meta última de cada consumidor americano: surfear pornografía por Internet, atragantarse de comida basura y masturbarse, todo al mismo tiempo. En lugar del iPad, el iPaja. Atención a la pronunciación, ¡eh! Lo correcto es decir “hay paja”. Guardemos las formas que es el fuerte de Apple. Mis cavilaciones casi me hacen perderme el iPhone que ahora mismo están mostrando. La generación más reciente sigue los pasos dondequiera que uno va y le avergüenza cuando llega tarde a las citas. Vale. Pero estoy seguro de que continúa estropeando las comunicaciones, al interrumpir de forma inesperada cualquier conversación. En fin, un adminículo que no necesito adquirir porque mis suegros ya me han regalado otro con la misma funcionalidad: mi mujer.
A la manzana le siguen peras y melones. El tema es Victoria’s Secret y el video confirma mi sospecha eterna: que las tías solo se visten para que las admiren las otras tías. ¿Alguien conoce a un hombre promedio que se tome el trabajo de detallar las filigranas y tules que decoran a un sujetador? He dicho un hombre promedio. No me refiero ni a los maricones ni a Colin Firth. El Colin ese es alto, considerado, simpático, inteligente y sensible. Evidentemente, juega en la misma liga que George Clooney. Solo les falta eyacular chocolate para ser perfectos. A cualquier tío normalito lo que le interesa de un sujetador es si se desabrocha por delante o por detrás. Si por mi fuese, la lencería femenina sería toda a base de velcro.
Ahora pasan uno de mostaza Heinz. Y me acosa la reflexión de que la civilización occidental, capaz de poner un hombre en la luna, ha fallado miserablemente por milenios tratando de dispensar el condimento. Cuantas veces, en horas de almuerzo, he intentado aderezar un bocadillo para encontrarme con la desilusión de que el frasco de mostaza se mea en mi comida. Si. Ya sé que existe la posibilidad de agitar el frasco antes de usarlo, pero esto es el capitalismo. Alguien debería estar pensando en vender mostaza que no se separe nunca en sus componentes esenciales y, de paso, añadirle Viagra y enjuague bucal. Iría de maravilla con el iPaja.
¡Ah! Sin anestesia ni nada aparece Sir Richard Branson, pontificando sobre las ventajas de volar con Virgin Airlines. No, no se trata de sentirse como el espíritu santo, metido a la fuerza dentro de un tubo virginal, sino de las ventajas de tener un enchufe de corriente alterna en cada asiento. El concepto lo demuestra, diez segundos más tarde, una rubia muy potable, secándose el cabello en su sillón volante con un secador portátil. Me pregunto si el liquido que usó para humedecerlo será el fluido ese azul que ponen en el inodoro, porque en el lavabo de un avión no cabe ni una sola de esas tetas. Quizás un frote sostenido le sentaría bien a mis canas. Del fluido azulino, digo. Tal tono en las sienes es siempre una visión que infunde respeto. Pero el tener que hacer piruetas de yoga, boca abajo, para meter la cabeza en el váter me desanima. Eso del equilibrismo siempre se me ha dado fatal. Recuerdo la primera vez que me tocó cagar en un bote de remos. Pero me desvío. Creo que el comercial falla. Hubiese sido más efectivo mostrar a un ejecutivo acicalándose antes del aterrizaje, mientras exclama: “¡Ondia! Solo veinte minutos antes de tocar pista en Barcelona. Que bueno que he traído mi afeitadora eléctrica. Apenas tengo tiempo de rasurarme los cojones.”
El turno es de Twitter. Una tecnología que hasta ahora me he abstenido de usar. Alguien me ha dicho que es adictiva y que el usuario promedio envía mas de diez mensajes diarios. Lo que lo hace lucir como un hábito poco productivo. Se me ocurre que si se aplica el mismo esfuerzo al masturbarse, se queman mas calorías y se da mayor placer al mismo número de personas. Claro, hay quien necesita compartir su onanismo. Por eso tanta gente escribe. Lo que me recuerda: ¿por que coño pierdo el tiempo con la tele? Ahora mismo podría estar tocándome una gloria.
Así que lo dejo de este tamaño porque, habiendo encontrado ocupación de utilidad probada, servidor tiene que aprovechar, para su completa y rigurosa ejecución, que su mujer todavía no regresa de la peluquería y tal circunstancia no se presta para esperar al debut comercial del iPaja.
Que tengan Uds. buenas tardes.
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